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En las vacaciones navideñas tuve tiempo de sobra para pensar en cómo he educado a mi hija hasta ahora. Hace unos meses cumplió seis años (no cabe duda de que el tiempo pasa más rápido cuando tienes hijos). Han sido seis años maravillosos, intensos, de mucho crecimiento personal. Pero también han sido seis años en los que he vivido a punto de la parálisis, luchando constantemente contra la eterna duda, contra el miedo a equivocarme.

 

He tratado de seguir todas las reglas: me he informado sobre las edades y el peso para que mi hija viaje segura en el asiento del auto, he introducido alimentos responsablemente para detectar cualquier alergia, he hecho visitas al pediatra de manera periódica y puntual, he llenado la cartilla de vacunación respetando cada fecha, he leído libros y blogs especializados en desarrollo, he ido a terapia para no ‘heredarle’ mis carencias a mi hija, me he instruido en las corrientes educativas, he ido a plantar la cara cuando se han presentado problemas en la escuela, he leído cuentos todas las noches (a veces el mismo durante más días al hilo de los que puedo soportar), he cocinado con productos orgánicos y naturales, he dedicado tiempo a jugar, hornear pasteles, hacer experimentos, ir al parque, asistir a clases de arte y natación, he tratado de balancear lo mejor que puedo mi proyecto profesional con la crianza… He vivido agotada, sobreexigida por mí misma y ese ideal fantasmagórico que la mayoría de las veces lejos de reconfortarme me persigue… Y a pesar de todo, he vivido con la sensación de que he fallado, de que nada ha sido suficiente.

 

Cada pequeña dificultad a la que nos enfrentamos ahora que mi hija ha crecido y que esos años ‘fundamentales’ para el desarrollo de su personalidad han pasado, pareciera prueba irrefutable de que me he equivocado, de que he exagerado en la protección y el apego... O de que no ha sido suficiente. Ahora que mi hija está en la etapa de las pesadillas y los miedos, inevitablemente me proyecto en ella y me doy cuenta de mi grandísimo error: la he criado con miedo.

 

Miedo de cargarla demasiado, de no cargarla lo suficiente, miedo de elegir el colecho y de no elegirlo, de darle dulces y de no dárselos, de ponerle demasiada atención y de no ponerle la suficiente, de perderme en esa fusión temporal que significa ser madre y de no poder encontrarme de nuevo. Miedo de la escuela tradicional, miedo de las escuelas activas, miedo de decidir por hacerme la vida más fácil, miedo de complicarme la vida por elegir algo que no se acomoda a mi rutina, miedo de darle exageradamente (cosas, atención, tiempo) y de darle demasiado poco.

 

Hace unas semanas le pregunté a mi mamá, rosca y café en mano, si ella había tenía miedo cuando mis hermanas éramos chicas. “Sí, claro”, me contestó, “tenía miedo de que se enfermaran, de que les pasara algo, de no poder cubrir sus necesidades”. En ningún momento dijo “miedo a equivocarme” o “miedo a traumatizarlas de por vida” o “miedo de arruinarles la vida con mis decisiones en la crianza”, así que forcé la frase y le pregunté si no había tenido miedo de equivocarse. “Pues… No”, me contestó y le dio un largo sorbo a su café con la tranquilidad de quien no le debe nada a nadie.

 

Mi mamá… Qué grandes lecciones aprendo de ella sin que ella se inmute siquiera. Ella, caigo en cuenta, no tenía esos miedos que tengo yo. Hacía lo que podía y eso era suficiente. Si crecimos o no con carencias es harina de otro costal. Ella hacía lo que podía, lo que la dejaba tranquila y nosotras nos adaptábamos a eso. A veces pienso que la crianza respetuosa debería ser justamente así: respetuosa de lo que uno, como madre, puede dar.

 

Hasta hace poco tiempo, estaba segura de que esos miedos y dudas que a veces me invaden y persiguen venían en tándem con la maternidad, que era un combo inseparable con el que uno tenía que resignarse a vivir. Este año me he puesto como propósito torturarme menos con el “deber ser” de la crianza moderna y disfrutar más estos pocos años que nos quedan de infancia.