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Tradicionalmente hablar de sexualidad no ha sido asunto fácil. Muchas crecimos en esta sociedad mexicana de arraigo católico y moralina, en familias donde hablar de sexo podía ser un tema incómodo, e incluso hasta tabú, especialmente cuando eres mujer. La información sobre sexualidad que recibimos, en el mejor de los casos nos la dieron nuestros padres medio a fuerza y muchas veces insuficiente. A veces las escuelas laicas armaban sesiones de educación sexual (con un enfoque cuestionable) pero con poca apertura para una discusión sustantiva. Si además fuiste a un colegio católico, decir la palabra “sexo” era un pasaporte directo al infierno, por lo que una terminaba por recurrir a amigas, a las tías buena onda, o simplemente volverse  autodidactas. Y de pronto, algunas tuvimos sexo sin protección, nos convertimos en mamás, y además de todas las responsabilidades que asumimos desde el primer minuto, vivimos con la zozobra de enfrentarnos a esa primera pregunta “incómoda” de nuestras bendiciones: “Mami, ¿por qué mi pene está paradito?”, “Mami, cuando me siento en la silla y me muevo siento rico”. Entonces el mundo se detiene y te conviertes automáticamente en tu mamá o tu papá diciendo cualquier cosa para salir del paso dándole la vuelta al tema y seguir con la vida, al menos por un tiempo. La realidad es que ser mamá requiere una serie de cualificaciones que ni un puesto de alto ejecutivo en una empresa demanda, y lo peor es que no sabes exactamente qué competencias debes tener para responder adecuadamente a las situaciones que se van presentando y por lo general te agarran en curva. Y es que, a final de cuentas, nosotras tampoco estamos acostumbradas a hablar de sexo fuera de contextos jocosos pues nos gana el pudor o la pena o porque de alguna manera, implica  enfrentarte a ti misma y hablar desde la propia experiencia. Sin embargo, hablar de sexo cómoda y abiertamente con nuestras niñas y niños es necesario. La cosa se empieza a poner seria cuando nuestras bendiciones ya no son esos dulces chiquitines de 6 años. De acuerdo con datos de la Secretaría de Educación Pública, los adolescentes (varones y mujeres) inician su vida sexual entre los 12 y los 15 años de edad (45% y 35% respectivamente). Asimismo, una cuarta parte de estos chiquillos calenturientos (adolescentes promedios, explorando su sexualidad) no utiliza ningún método anticonceptivo y, lo peor de todo, alrededor del 50% de ellos declaran no saber cómo se usan o cómo funcionan los métodos de anticoncepción. ¡Imagínense eso! ¿El resultado? México ocupa el primer lugar en embarazo adolescente según datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), pues uno de cada cinco embarazos se presentan en niñas menores de 18 años y ha habido un incremento de 30 a 37 por cada 1000 mujeres entre 2005 y 2011. Los testimonios son desgarradores: niñas desde los 13 años, embarazadas, con un cuerpo que anatómicamente no está preparado para la gestación, poniendo en riesgo su salud e incluso su vida, por un embarazo precoz. Eso sin contar que algunas veces el embarazo y por tanto un hijo no previsto, es causal de deserción escolar y, finalmente, de la perpetuación de la pobreza. El embarazo adolescente es el reflejo de muchas cosas que están pasando en nuestro país y sociedad. En primer lugar, el persistente estigma respecto del aborto, pues no se concibe cómo se puede tener “la sangre fría” para “asesinar” a un inocente cigoto, pero por otro lado nadie piensa que vivir no implica únicamente respirar y existir; la vida debe tener un mínimo de dignidad, de necesidades básicas cubiertas. Así las cosas, las chicas terminan teniendo una boda  express, en lugar de que papá y mamá vean por su futuro y le faciliten el ejercicio de su derecho a interrumpir su embarazo a tiempo. Siendo realistas, a menos que la situación económica de los padres sea medianamente solvente como para hacerse cargo de la hija y el nieto, la mayoría de estas “niñas mamás” ven cómo su vida y la de sus hijos se precariza en todos los sentidos. Es claro que ni el sector salud ni las autoridades educativas están haciendo su trabajo,  y que aquellos encargados de la toma de decisiones no están abordando esto con seriedad, pues las políticas de prevención en este país son inexistentes. Es por ello que la bola de nieve crece al punto de tener un asunto de salud pública emergente que o es  atendido con recursos adicionales de quién sabe dónde, o seguirá creciendo hasta salirse de control. Por otra parte, la alternativa al “horroroso” aborto, la adopción, es un viacrucis para quienes quieren iniciar un trámite de manera legal pues los obstáculos institucionales son tantos y tan grandes que los implicados terminan por desistir o recurriendo a prácticas por fuera de la ley que propician que haya un “mercado negro” de seres humanos, algo que sí es verdaderamente horroroso. Y... ¿esto que tiene que ver conmigo? Además de ser mamá soy una entusiasta de la maternidad como motor de cambio. Hablar cómoda y abiertamente con nuestras niñas y niños sobre sexualidad probablemente será el inicio de un cambio cultural y social que nos aleje no solo, de embarazos precoces sino de la violencia sexual y de enfermedades de transmisión sexual. Lejos de escandalizarnos porque los libros de pre-escolar y primaria aborden explícitamente el tema, deberíamos estar preparándonos para ese momento, y lograr que la pregunta incómoda no lo sea más. Es un trabajo difícil pues implica deconstruirte a ti misma, tus ideas, tabús y estigmas, como la idea de que el propio cuerpo no se toca. ¿Qué mejor forma de inculcar el cuidado del propio cuerpo que conociéndolo? ¡Tocándolo!. Recordemos que los niños son transparentes, y evitemos que en su cabeza entre la malicia de las connotaciones de censura que son producto de nuestra experiencia de adultos. Al ser mamás de la siguiente generación, debemos ser capaces de despojar a la sexualidad de su tradicional connotación de vergüenza y prohibición. Además, y siendo completamente honestos: ¿quién le huye al placer? Nadie, a ninguna edad. Todos los seres humanos experimentamos placer de diversas formas y en diversas circunstancias y la sexualidad es una más, y si nuestros hijos están explorándola a más temprana edad, nuestra obligación es acercarnos a ellos y darles todas las herramientas necesarias para que puedan gestionarla a su favor.