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Para pasarla lo mejor posible, la vida en sí requiere que nos despellejemos de vez en cuando, que fluyamos (lo más posible), que nos reinventemos. Pero la maternidad tiene una forma muy insistente de restregarte eso en la cara. Cada día implica ajustes y cambios que te obligan a improvisar, a probar cosas nuevas que incluso pueden ir en contra de lo que hubieras pensado, a ingeniártelas para encontrar soluciones de la nada, a que te desdigas y sí, muchas veces, a que desandes lo andado.

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Si uno no está preparado para ser mamá, mucho menos lo está para ser mamá de un hijo con discapacidad. A los 1.8 años de edad de Andy nos lo diagnosticaron dentro del Trastorno de Espectro Autista (TEA). Más allá de los detalles médicos, esto es lo que me habría gustado escuchar en ese momento, cuando uno se siente tan absolutamente perdido entre el presente y el futuro agobiante. Y me lo digo hoy, unos años adelante, esperando que alguien que justo esté en este momento pueda recibir una cobija de esperanza ante un panorama diferente…

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Una vez más me mudaba de país, con un niño recién nacido en los brazos, una niña de 5 de la mano y dejando un trabajo que adoraba. Llena de dudas y con muy poca dirección, me metí de lleno a la vida doméstica. Me convertí en una ama de casa pues. Aunque ahora prefiero usar la palabra italiana: casalinga (así por lo menos puedo reír para mis adentros cuando la digo porque me recuerda a cunnilingus). 

La gente en México me decía: qué envidia, qué chingon, vete tú que puedes. Y yo les agradecía los ánimos, pero sabía que no sería fácil.

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Si algo he aprendido en los últimos meses es que la maternidad no es un destino, es un viaje, un proceso difícil y un encuentro contigo misma que muchas veces destapa la Caja de Pandora y revive dolores infantiles que no sabíamos ni que existían y que por supuesto están lejos de estar superados.

La maternidad te enfrenta a tu yo en su versión más desnuda, más pura. Es reconocerte con todos tus errores, manías, carencias y defectos o condenarte a repetirlos y perpetuarlos a través de tus hijos.

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“Te tengo que decir algo. No está bonito.” Estábamos recogiendo la cocina después de cenar cuando Santiago me soltó esa bomba. “Okay, agárrate”, pensé. “Estaba platicando con Vale y me dijo que su mamá no trabaja. Y lo dijo con un tono que hasta a mí me hizo sentir mal.” Traté de contenerlo. No pude. Me solté llorando. Tardé un rato en recomponerme – la herida fue justo en mi punto débil. “Mamá no trabaja.” Ma-dres.

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Cada uno de los derechos que tenemos hoy como mujeres significa la lucha de otras mujeres. No es hora de detenernos ahora.

Hace un par de semanas, preparándome para la visita de Momzilla! a mi recinto Godín, cayó en mis manos el documento más reciente de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) sobre la situación de nuestro país… y casi me pongo a llorar, entre otras cosas, porque el panorama para las mujeres-mamás-trabajadoras es poco optimista.

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Era una tarde normal de primavera: soleada, frapuccinos de Starbucks en pleno apogeo y la ciudad las calles flanqueadas por jacarandas que se negaban a claudicar. Sin embargo, en una pequeña habitación al sur de la ciudad, las cosas no marchaban al paso de siempre. Lo que era algo natural, se convirtió en el final de una vida aparentemente normal y el inicio de dos nuevas y caóticas existencias.

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Mi hijo me pidió una fiesta de princesas. Esto fue lo que sucedió en mi casa, mi cabeza y mi corazón.

Cada año, la llegada del cumpleaños de mi hijo es todo un evento en mi casa. Para mí, sus fiestas son el reflejo de la emoción que yo sentía en las mías, cuando era niña. Me conmueve mucho saber que ahora me toca darle esos momentos mágicos a mi hijo.