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La depresión postparto afecta a cerca del 15% de las mamás. No importa si se trata de su segundo o tercer parto. Si no te sientes bien, busca ayuda.

Hace unas semanas, una mamá compartió con nosotras este texto de manera anónima. Es un texto que nos conmovió mucho. Creemos que es importante seguir alzando al voz en temas de salud, como es este, que pasan desapercibidos por no encajar en el estereotipo de la madre perfecta. He de reconocer que alguna vez lo había escuchado, pero no sabía mucho más. ¡Y sí! Me tocó experimentarlo en carne propia. Ahora me pregunto por qué en ningún lado (en los cursos psicoprofilácticos, en las consultas con los doctores, en los grupos) se habla de este tema. Lo que hubiera dado porque “alguien” me platicara al respecto.
De acuerdo con el Instituto Nacional de Salud Pública de México, debido a su baja tasa de detección la depresión posparto es problemas de salud pública que requieren de la implementación de protocolos eficaces y de bajo costo.
Mi segundo bebé nació y todo estuvo excelente… Llegamos a casa y todo parecía normal. Lo comparaba con la experiencia de mi primer hijo y, según yo, ya sabía lo que me esperaba. Pero poco a poco ese mundo de ensueño se derrumbó y esfumó. Me empezaba a sentir rara. Ni siquiera sé definir a detalle qué era; sólo sé que no era yo. Preguntaba a la gente a mi alrededor y me decían que era normal, que era parte de las “famosas hormonas”, pero yo sabía que no lo era, que era algo más. ¿Era normal era llorar de todo? ¿Sentir muchísimo miedo y angustia? ¿Llevar más de 80 horas sin poder dormir? ¿Sentir una angustia abrumadora, como un hoyo en el pecho, y sentir que no podía respirar? ¿Tener mucho miedo de quedarme sola? ¿Era normal no querer que se acabara el día porque la noche me aterraba? ¡Claro que no! Me sentía perdida, como en otro mundo. No entendía nada. Recuerdo tener que encerrarme en el closet y gritar para tratar de liberarme de ese miedo, de la ansiedad… de ese “no sé qué” que estaba dentro de mí y no podía controlar, pero que —tristemente— sí dirigía mi mente. Recuerdo las noches en vela. Los segundos me parecían horas. Las noches eran eternas. Sólo rogaba porque amaneciera. Me aterraba la oscuridad y tenía que prender todas las luces para sentirme un poco más segura. Rogaba porque apareciera un rayo de sol. Despertaba a mi esposo porque estaba muerta de miedo, sin poder articular una palabra. Le decía que no se durmiera porque no podía estar sola. Me sentía tan mal. Si no podía cuidar de mí misma, mucho menos de mi recién nacido. Y así, me diagnosticaron con "depresión postparto severa". Los síntomas necesitaban tratamiento urgente, y empecé con uno integral que fui construyendo poco a poco con ayuda de médicos, familia y amigos. (Hay personas que te salvan y ni se enteran.) El tratamiento constaba de sesiones con psiquiatra, terapias con psicólogo, clases de meditación y yoga, homeopatía, acercamiento espiritual, afirmaciones positivas. Me repetía todo el día “estoy bien, estoy bien”, y ponía frases positivas en todos los espejos con el lápiz de delinear.
A nivel mundial se estima que la prevalencia de la depresión postparto es del 13% en países con ingresos altos, mientras que en países con ingresos bajos y medios es del 20%.
Sabias palabras me dijo el pediatra de mis nenes: “A tu bebé no le sirve una mamá enferma. Pronto tienes que estar bien”. Así que poco a poco me aferré a la confianza, a la esperanza y a la ilusión de poder estar cada día mejor y poder disfrutar un tiempo “normal” con mis niños. Poco a poco empezaron a transcurrir las semanas. Las mejoras eran mínimas de un día a otro, pero siempre trataba de comparar cómo me sentía con el punto inicial para percibir las dimensiones reales de mis avances. Celebraba mis pequeños triunfos: me alegraba aunque hubiera dormido sólo dos horas. "Por lo menos fue más que ayer", me decía. ¡Porque dormir dos horas seguidas merecía festejarse! Empecé a hacer rutinas y poner en práctica todo lo que aprendía en las terapias, sesiones y clases, aprendí a respirar para relajarme y poder conciliar el sueño y olvidarme de los miedos. La psicóloga, el psiquiatra y mis maestras me ayudaron a ver que esto tenía cura y que tendría un fin… pero que debía tener paciencia y vivir un día a la vez, que la mente es mi aliada y no mi enemiga, que el dolor transforma y que tenía que aprender a dominar mi mente nuevamente. ¿Quién me dio fuerza para seguir adelante? Mi familia: mis hijos y mi esposo. Me enseñaron que un abrazo y una sonrisa no solucionan el problema, pero que te dan la fuerza para seguir adelante.
La depresión postparto puede manifestarse en cualquier momento durante el primer año después del alumbramiento y genera tristeza, miedo, ansiedad, insomnio o exceso de sueño, sentimientos de incompetencia y de falta de confianza.
¿Por qué me sucedió? No sé… y nunca lo sabré. Sólo sé que fui parte del 15% de mujeres que sufren depresión postparto. Según los médicos no hay causa clara que la origine, “te da porque te da”. Así que hoy, a 5 meses de haber empezado mi recorrido por este camino, solo quiero sacar lo bueno de esta experiencia, tomar los aprendizajes… porque ahora soy una mujer, una esposa, una amiga y una mamá “renovada”. Soy como una nueva versión de mí. Mientras escribo esto no puedo parar de llorar. Pero con estas palabras cierro un ciclo. Estoy orgullosa de mí. Ha sido una gran batalla.  Me considero una guerrera. ¡Estoy de pie y con mucha fe! Estoy agradecida por estar viva, por estar sana, por estar con mi familia y por ser una mujer fuerte…. por poderle sonreír a los problemas. Si alguna vez les sucede algo similar, pide ayuda. Esa es la clave para salir adelante. No lo dejes. No te dejes. Si llegaste hasta este punto, gracias por leerme.