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Era una tarde normal de primavera: soleada, frapuccinos de Starbucks en pleno apogeo y la ciudad las calles flanqueadas por jacarandas que se negaban a claudicar. Sin embargo, en una pequeña habitación al sur de la ciudad, las cosas no marchaban al paso de siempre. Lo que era algo natural, se convirtió en el final de una vida aparentemente normal y el inicio de dos nuevas y caóticas existencias. Todo había iniciado cinco días antes. Ella había traído durante días en mente el número 8, como si supiera que ese número iba a determinar su vida, y justo en ese día, 8 de abril, algo se rompió, literalmente. Nada volvió a ser igual, y lo que debía ocurrir en al menos 4 semanas más, se aceleró inevitablemente. Pese a los esfuerzos de todos, no había nada qué hacer. Esto tenía que pasar sí o sí.
Ella solo podía observar parcialmente, sus rostros cubiertos, atada de brazos, recostada y merced de dos personas: a la que ya conocía y a la que estaba a punto de conocer.
El 12 de abril, entró en ese pequeño cuarto, apenas iluminado, lleno de desconocidos a lo cuales ella solo podía observar parcialmente, sus rostros cubiertos, atada de brazos, recostada y merced de dos personas: a la que ya conocía y a la que estaba a punto de conocer. No había ruido, solo la que dirigía el espectáculo hablaba y daba instrucciones. Ella tenía miedo pero disimulaba, pensaba ¿en qué momento todo se fue al carajo? Si todo estaba bien, ¿qué hice mal, en qué me equivoqué? Se echaba la culpa. Algo que al parecer, iba a ser normal en adelante. Todo parecía ir conforme los planes de los observantes cuando de repente: sangre. Una gota, dos gotas, cinco, el ambiente se tensó, escuchó cómo se aceleraba su corazón y fue entonces que extrañamente, la invadió una paz infinita. “Hice lo que debía, si esto es lo que debe pasar, pues así sea.” Todos se volvió confuso. El sujeto a lado de ella susurró: “Tranquila, todo está bien”. Ella respondió: “Siento que me les voy”. Lo sentía en realidad, ya no daba más, su cuerpo ya no aguantaba y decía “hasta aquí”. Las voces comenzaron a apagarse cuando escuchó un pequeño llanto, y mientras imaginaba lo que sucedía afuera, el sol seguía brillando y las jacarandas caían al piso, pensaba en que ya no iba a ver más ese color, y el de las nochebuenas o el del cempasúchil. Ni si quiera tuvo chance de ir a probar el frapuccino del mes del Starbucks. Cerró los ojos, más por debilidad que por el cansancio acumulado de todo el dolor, de las noches sin dormir y de la incertidumbre de los últimos cinco días. Todo se había terminado.
El sol seguía brillando y las jacarandas caían al piso, pensaba en que ya no iba a ver más ese color, y el de las nochebuenas o el del cempasúchil.
Y luego, los abrió. Habrían pasado segundos, sin embargo estaba en otro lugar. Todo era luz a medias y silencio, salvo un pequeño bip al fondo. No podía moverse, no entendía bien lo que sucedía, todo era confuso, ¿qué hacía ahí? Poco a poco la gente entraba, ahora sin nada que les tapara la cara, le explicaban todo pero ella aún no comprendía. Algo no cuadraba. Las horas pasaron, en su desesperación incluso se hizo de algunos papeles que había cerca y se puso a leer, para distraer su cabeza y sus pensamientos. Para esperar a despertar de este sueño extraño. Pasaron unas horas, y la trasladaron a otra habitación: poco de pronto todo era luz, colores, sonidos, voces: normalidad. Y entonces, justo veinticuatro horas después de la masacre, apareció él: venía dentro de una especie de vehículo, empujado por una mujer con ropas groseramente pulcras. Él no era nada de lo que ella había imaginado: sus manos estaban todas arrugadas, el pelo entre café y rojizo en punta, como un punk novato, un pellizco de nariz, la piel rojiza con un tono amarillento. La mujer lo llevó hasta ella y él abrió sus ojos, cafés y brillantes y entonces ella no supo qué hacer. Lo único que supo es que de ahí en adelante nada sería igual y que nunca se iban a separar. Para bien o para mal, ambos habían sobrevivido a esa masacre que ambos provocaron, en esa sala de partos de aquel hospital al sur de la ciudad.
Para bien o para mal, ambos habían sobrevivido a esa masacre que ambos provocaron, en esa sala de partos de aquel hospital al sur de la ciudad.
Seis años han pasado, con muchos llantos, risas, descubrimientos, enojos, gritos, dudas, temores. Mucha gente llegó, otros se fueron, pero él y ella siguen ahí, juntos, él aprendiendo a vivir por primera vez, y ella en su segundo intento mientras bebe frapuccinos de Starbucks. Juntos hasta que las jacarandas dejen de existir. Lee más textos de Obidark aquí.