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“Te tengo que decir algo. No está bonito.” Estábamos recogiendo la cocina después de cenar cuando Santiago me soltó esa bomba. “Okay, agárrate”, pensé. “Estaba platicando con Vale y me dijo que su mamá no trabaja. Y lo dijo con un tono que hasta a mí me hizo sentir mal.” Traté de contenerlo. No pude. Me solté llorando. Tardé un rato en recomponerme – la herida fue justo en mi punto débil. “Mamá no trabaja.” Ma-dres.

Al siguiente día, con la mente un poco más fría, platiqué con Vale. Le conté que antes de que ella naciera, yo trabajaba en una revista. Me gustaba mi trabajo: me pagaban por escribir, viajaba, entrevistaba a gente interesante… Pero después llegó ella, mi niña. Seguí trabajando. La dejaba con mi mamá, con mi hermana, con mi cuñada o con Conchita, la señora que trabaja con mis papás, a las 8:30 de la mañana. A veces veía a Vale a la hora de la comida y otras veces, hasta las 7 u 8 de la noche. Y después de unos meses de llorar todas las noches porque extrañaba demasiado a mi hija y escribir para la revista me daba cada vez menos satisfacciones, renuncié.

Durante los siguientes tres años, trabajé desde casa y todo funcionó mejor: pasaba más tiempo con Vale y Santiago, comíamos juntos casi todos los días, acomodaba mis horas de trabajo como yo quisiera, encontré proyectos que me gustaron mucho, ganaba dinero. Pero después llegó Gabriel y me sentí tan abrumada que dejé de aceptar chambas.

Hacemos fastforward al presente y heme aquí, como mamá de tiempo completo.

Le expliqué a Vale que esto es lo que yo elegí, porque es lo que mejor funciona para nuestra familia por ahora. Que hay otras cosas que quiero hacer cuando ellos crezcan un poco. Que me hace feliz estar con ellos la mayor parte de mi día. Y que aunque no me paguen, sí trabajo. Vale comprendió, me abrazó y se quedó muy tranquila.

Pero… ¿de dónde sacó que yo no trabajo? Eso es lo más fuerte: seguro lo escuchó de mi propia voz. Y fue hasta ayer cuando me di cuenta de eso, cuando un papá de la escuela de Gabriel me dijo “Tú trabajas por aquí, ¿verdad?” y le respondí “Yo no trabajo.”

“Yo no trabajo”, le digo a quien pregunte. Y después, casi invariablemente, suelto una justificación: Los horarios de mi marido son inestables y es mejor que yo me quede con los niños. Mis hijos sólo están en la escuela de 9 a 1 y no me rinde el tiempo. Muy pronto volveré a trabajar. Tengo muchos proyectos a futuro. Escribo cuentos en mis escasos ratos libres. Tengo tres blogs. Es sólo por ahora.

Todo eso es cierto. El problema es que yo sienta que tengo que justificar el no tener un trabajo remunerado. Y el problema más grande es que yo misma diga que no trabajo. ¡Carajo!

Recuerdo cuando mi madre nos decía que su trabajo como mamá era el más pesado que había tenido. Bah. Siempre le di avión. No comprendí que decía la verdad hasta que tuve a Vale. Ahora mis ratos libres son contados. Mis días y a veces, mis noches, están dedicadas a dos niños pequeños e inquietos, cuyas necesidades debo satisfacer. Cocino, limpio, juego, los llevo a sus clases, les cuento cuentos antes de dormir, me preocupo por ellos.

Supongo que me justifico porque esto no es lo que yo soñaba con hacer de grande. Vamos, yo ni siquiera estaba segura de que quisiera tener hijos, mi carrera era más importante. Tengo una necesidad creativa muy grande y satisfacerla era mi prioridad. Y aunque sigo escribiendo y tengo proyectos personales y leo, leo, leo para no sólo pensar en la maternidad… Esa ya no es la prioridad número uno. Y la verdad es que me cuesta aceptarlo, me cuesta decir que mi trabajo es cuidar a mi familia.

(Pausa. Estoy llorando.)

Ya no quiero justificarme. No quiero disculparme. Ni con los demás ni conmigo. Sí trabajo. Y mi trabajo es importante. Sé que no es para siempre, pero por ahora, esto es lo que mejor nos funciona como familia. Y sobre todo, por ahora, sólo por ahora (porque esto sólo dura un instante), ellos realmente me necesitan.

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