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Para pasarla lo mejor posible, la vida en sí requiere que nos despellejemos de vez en cuando, que fluyamos (lo más posible), que nos reinventemos. Pero la maternidad tiene una forma muy insistente de restregarte eso en la cara. Cada día implica ajustes y cambios que te obligan a improvisar, a probar cosas nuevas que incluso pueden ir en contra de lo que hubieras pensado, a ingeniártelas para encontrar soluciones de la nada, a que te desdigas y sí, muchas veces, a que desandes lo andado.

En la maternidad, ni bien te has sentado y ya te tienes que parar. No has terminado de agarrarle la onda a una etapa y ya empezó otra. Sumado a la vida en pareja (o sin pareja), las aspiraciones y realidades profesionales, las expectativas personales… Y un sinfín de cosas.

Hace unos días, leyendo Harry Potter y la Cámara secreta con la #chamaquillaenacción, me quedé maravillada con el pasaje final, donde el ave Fénix de Dumbledore ayuda a Harry (si no lo han leído, esta revelación 20 años después de haberse publicado el libro ya no cuenta como spoiler). Y lloré, muy sentidamente.

Lloré por mi bisabuela, por mi abuela, por mi mamá, por mí y por todas las mamás con las que he compartido y comparto camino. Lloré porque comprendí que la maternidad implica que te hagas cenizas una y otra vez. Una y otra y otra vez, hasta tu último aliento. Porque jamás dejas de ser madre, ni ante la muerte.

A cambio, tu vuelo en este plano puede ser majestuoso y tus lágrimas pueden llegar a sanar. ¡Por eso la figura materna es tan, pero tan poderosa! Al ser madre, tienes la oportunidad de ser una especie de ave Fénix. A su vez, tú has llegado aquí por otra Ave Fénix. Y eso te resulta mucho más claro cuando tienes un hijo, y hasta piensas: quizá, a su vez, un día, éste lo comprenda.

Aunque nos resistamos, nos consumimos en el día a día, no solo ante la labor de mantener vivos a nuestros hijos, también en el arduo trabajo que es tratar de guiarlos lo mejor posible (aunque luego ni sepamos qué carajos se está haciendo) con lo mejor que tienes (aunque te parezca insuficiente), en demostrarles que los amamos incondicionalmente aun cuando a veces queremos salir corriendo de nuestras vidas adultas.

Vamos por la vida diciendo que tener un hijo es la mejor montaña rusa a la que nos hemos subido, aunque tengamos los pelos de punta, unas ojeras irreparables y el corazón ya siempre de fuera.

La maternidad es una auténtica fuerza de la naturaleza que, lo tengamos más o menos asumido o no, nos arrastra sin cesar. La maternidad es la posibilidad de ser en auténtico beneficio de otro ser humano (u otros). Y nos muestra la gran lección de esta vida: si nos dejamos llevar por ella, renaceremos una y otra vez, hasta que finalmente se haya cumplido nuestra misión de ser.